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Vivir el E3 desde dentro: 3 días de espectáculo y videojuego

El E3 significa muchas cosas. Es la época dorada del año de los videojuegos: el momento en el que el espectáculo y la competición por ver qué compañía anuncia más novedades se juntan. Y para los que lo vemos desde la distancia, el E3 es algo irreal, que sólo se ve en la pantalla: un espectáculo de luces y colores al que, a menos que tengas mucho dinero o trabajes dentro de la industria, jamás podrás tocar.

Desde dentro, acudir al E3 es como entrar en una enorme burbuja. Una burbuja llena de pantallas gigantes de 6 metros de alto, pabellones temáticos y trabajadores optimistas que amablemente te indican que te coloques al final de una cola de mínimo hora y media de duración. Entrar en el Convention Center de Los Ángeles cada día es como entrar en una espiral de estímulos visuales difícil de evadir para los más novatos como nosotros, pero que no engaña a los más veteranos.

Las afueras del West Hall

El martes 11 de junio nos dirigimos a las 11 de la mañana a la entrada del South Hall, donde se concentraban el mayor número de compañías y juegos más importantes: Final Fantasy VII, Avengers, Cyberpunk… A la entrada, cientos de personas con pase de prensa e industria esperando que se abriesen las puertas como en la típica imagen de rebajas del telediario. Entre ellos, varios carteles de diseños de Final Fantasy y stands de Tik Tok y Crash Team Racing, con animadores que intentan distraernos de nuestras prioridades instándonos a que le demos una oportunidad a su espacio. Pero es el primer día del E3, nadie sabe cómo es el escenario que nos espera dentro y hay muchos juegos por ver.

Imposible no dedicarle un álbum entero.

Cuando acudes al E3 es fácil hacer un planning de lo que quieres ver para optimizar el tiempo: sabes lo que va a haber, tienes los planos del recinto, sabes dónde está cada stand. Cuando es tu primera vez, llegar allí y seguir el plan sin soltar gritos de sorpresa al ver el despliegue físico de los stands de juegos que ni siquiera te interesan es otra historia. Cuando ves la figura de un dragón de hielo del Monster Hunter a escala real alzándose delante de ti es complicado resistirse a dedicarle un álbum entero en tu móvil. O hacerse la foto con un Cloud sujetando la Buster Sword en pose de acción. O apoyarte con cariño sobre las figuras de los tres pokemon iniciales del nuevo juego de Nintendo como si volvieras a tener 7 años y estuvieras a punto de jugar en tu Game Boy. El E3 está lleno de tentaciones y no siempre es posible evadirlas.

Los primeros empiezan a entrar; no permiten el acceso a todos a la vez y nos dejan entrar por grupos. Para cuando ya estamos dentro, varias figuras a escala real de Borderlands 3 nos esperan delante; al lado, un stand con más de 140 monitores con mando y cascos y dos pantallas de 6 metros de alto transmitiendo dos trailers a todo volumen y a full 4K. Al lado, un minibunker traído de Midgar desde Final Fantasy VII nos espera con una cola que se mueve con rapidez y cuatro personas que te indican a gritos que te pongas en la fila si quieres probar el esperado remake. A los 2 minutos de recoger el nuestro y a los 20 minutos de empezar la feria, Square Enix ya ha dado todas las citas para probar la demo para todo el día. Y nosotros no paramos de besar nuestros tickets como si nos hubiese tocado la bonoloto.

Las figuras del Borderlands 3 recibiéndonos al entrar al South Hall.

Justo al lado, otro bunker con guirnaldas de celebración en la entrada y un letrero que indica “A-Day” nos indica que estamos ante el pabellón del juego de los Vengadores. En la parte trasera, tres personas con ordenadores recogen citas y reciben a gente de prensa. Una chica con cara de pocos amigos nos dice que volvamos a las 3 porque ya no tienen huecos.

Pese a los muchísimos stands que nos miran con ojos suplicantes con su espectacular escenografía, nos sobreponemos y decidimos atravesar todo el centro de convenciones para llegar hasta el South Hall donde, en medio de varios espacios de juegos indie, tecnología gaming, streaming de entrevistas y hasta bebidas energéticas para gamers, está Nintendo. La mítica compañía japonesa que, pese a tener dos de los juegos más esperados del año, decide dedicarle un espacio enorme a Mario&Sonic en las Olimpiadas con una torre escalable (no es broma). Pero da igual, porque la demo del Pokémon Espada y Escudo nos espera y queremos volver a sentirnos como cuando luchábamos con nuestro Pikachu pixelado. Cuando visualizamos un hueco y creemos que nos hemos puesto al final de una cola relativamente corta una chica nos señala el fondo del pabellón, donde la fila real se pierde en el horizonte. Pero el ánimo no decae, porque el recuerdo de la infancia es poderoso.

El gimnasio Pokémon.
El gimnasio Pokémon.

Hora y media más tarde, y tras jugar a una demo limitada mientras te conduce un entusiasta animador de Nintendo, salimos del pabellón para recibir el preciado regalo de merchandising. Pero tampoco hay tiempo para hablar sobre las mecánicas del juego o los pokemon nuevos, porque queda mucho espacio por visitar y citas a las que acudir o incluso pedir. Conseguimos cita para ver la demo de Avengers al día siguiente; intentamos pedir pases para ver la demo de Cyberpunk, pero ya no hay y sólo nos queda rezar para conseguirlo al día siguiente y evitar las dos colas que se han formado para acceder. A nuestro alrededor, la actividad no cesa: los espacios de Gamespot y Facebook enlaza entrevista tras entrevista, Ubisoft monta torneos de Ghost Recon y hay tantas competiciones en vivo que es difícil concentrarse sólo en una. Y el cuerpo aguanta, hasta que se rompe la burbuja fuera del recinto y nos damos cuenta de que llevamos 8-10 horas caminando, fijando la mirada en pantallas y sin habernos apenas alimentado desde el desayuno.

Y así se suceden los tres días. Te mueves entre laberintos de stands con escenografías brutales, luces de colores, escenarios preparados que atrapan a los incautos,  empleados que reparten el merchandising más horrible que te puedas imaginar, pero que aceptas igualmente: bolsas de un metro de largo, pañuelos del Crash Bandicoot, máscaras del Borderlands 3 cuyo único destino es acumular polvo, sobres de bebidas energéticas que saben a jarabe y rayos.  Y durante 3 días el Convention Center de Los Ángeles es todo tu mundo, aunque sea uno en el que subsistes a base de patatas fritas que cuestan 7 dólares y frutos secos que has llevado de casa. El tiempo transcurre en recintos cerrados donde desarrolladores de videojuegos te explican por enésima vez la demo que han llevado mientras algún americano entusiasta grita “YEAH!” cuando el protagonista del Cyberpunk perfora el pecho de un balazo a un enemigo. Si la demo es jugable, harás colas interminables para jugar 20 minutos, si tienes la “suerte” de ser prensa (y lo pongo entre comillas porque ser prensa en el E3 implica trabajar hasta la extenuación) podrás acceder a los espacios privados para jugar las demos libremente.

El E3 es una experiencia extenuante, de eso no hay duda, pero es una que crea un sentimiento de comunidad. Cada equipo de cada juego se encarga personalmente de multiplicar el entusiasmo por lo que venden o incluso de crearlo aunque ni siquiera exista. Cada entrada a un nuevo juego (especialmente aquellos que se mostraban en grupos), era como entrar en otra comunidad con cuya gente no habías cruzado una palabra, pero con los que compartías el entusiasmo por lo que estabas viendo. Ver a la anciana del Watch Dogs 3 dejar inconscientes a enemigos mientras la gente la animaba; explorar Tatooine en la demo de Star Wars LEGO entre gritos de júbilo; entrar al gimnasio de Nintendo mientras te preguntaban si estabas emocionado por probar el juego (llevo hora y media en la cola, que me caiga un rayo si no lo estoy). En ese mundo pueden incluso conseguir que una millenial desfasada como yo se entusiasme por el Fortnite.

El E3 son tantas cosas que es difícil describirlo. Es impresionante en muchos sentidos y gigantesco como un mundo en miniatura. Es extenuante. Es una aventura en la que tienes tantas ganas de saber cómo es el siguiente capítulo que te olvidas de comer (que te vendan un bocadillo a 11 dólares no tiene NADA que ver). Es, de nuevo una burbuja en la que te introduces sin procesar realmente que estás allí hasta que se rompe y tienes que afrontar la caída. Pero eso da igual, porque el vuelo ha merecido la pena y un jugador siempre tiene varias vidas.

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