Visto en EUROGAMER

Cuando eres un chaval de diecisiete años y tu mayor pasión por encima de todo son los videojuegos, no hay nada más grande que empezar las vacaciones con un nuevo Zelda. Adentrarte poco a poco en su mundo, conociendo a sus personajes y descubriendo lugares, es una de las sensaciones más gratificantes que un servidor recuerda de su adolescencia.

Despertar en nuestra casa Kokiri, encontrar unas cuantas rupias para comprar nuestro primer escudo y salir al maravilloso mundo de Hyrule, donde los días tienen noche y el camino se hace a pie, son experiencias que marcarán nuestra memoria para el resto de nuestros días, ya sea por la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mucho mejor o porque realmente hablamos del mejor juego de la historia.

Pero a decir verdad hace ya algunos años desde ese adolescente salió del Templo del Tiempo, por lo que esa capacidad para sorprenderse y emocionarse se ha visto largamente mermada por el desencanto general que los años – concretamente trece- producen inevitablemente en las personas. En cierto modo, para aquellos que ya somos algo veteranos, volver a jugar a Ocarina of Time supone emprender un maravilloso viaje en el tiempo, donde sorprendentemente descubriremos que esta versión luce aún mejor que nuestro particular y nostálgico recuerdo.

Los remakes tienen el potencial de transmitir la visión de un juego de una forma que no era posible en el momento de creación, y esto es exactamente lo que hace el “nuevo” Zelda. Realmente lo más importante que debes saber es que esto es una versión con esteroides de Ocarina of Time y que vale cada uno de los euros que cuesta.

The Legend of Zelda: Ocarina of Time 3DS es sencillamente precioso. Se aprecia desde un primer momento que se ha trabajado en el modelado de personajes, en las animaciones y en las texturas, confiriendo al título un aspecto extraordinario que le convierte en -hoy por hoy- el más vistoso del catálogo para la portátil de Nintendo. De cualquier modo y a pesar de las mejoras estéticas, sigue siendo terriblemente fiel al original.

La implementación de las funciones 3D de la máquina, así como de la segunda pantalla, se han resuelto de una forma excelente; es una gozada caminar por el Bosque Kokiri mientras nos encontramos envueltos mágicamente por la multitud de partículas danzando a nuestro alrededor, al mismo tiempo que podemos ver con total profundidad cuando Navi quiere mostrarnos algo. En cuanto al panel táctil, nos permite acceder con rapidez al mapa, menú de equipo e inventario de objetos, desde el cual podemos mapear rápidamente cada arma a uno de los botones. También se han incluido nuevos botones en el mismo panel que nos permiten asignarles objetos, además de los botones X e Y que se encuentran replicados en pantalla de forma que obtenemos una referencia rápida sobre qué arma tienen asignada.

El control no plantea grandes diferencias respecto al original, si bien es una agradable sorpresa poder apuntar con el arco, el tirachinas o el boomerang, además de manejar la cámara en primera persona empleando el giroscopio de la consola. Desde luego no es lo más práctico en según que posiciones, pero es innegable que aporta un plus de precisión y agilidad al sistema de apuntado. Igualmente, podemos emplear el stick analógico para tales efectos.

Muchas de las innovaciones que Zelda aportó en su versión original – el ciclo temporal, el botón contextual o la exploración libre en un mundo abierto – se han convertido en algo tan normal que ya no nos producen ninguna sorpresa, pero su elegancia y la calidad que destila su diseño y sus mazmorras es todavía impresionante. Es un juego diseñado en dos zonas horarias completas, brillantemente construido alrededor de un mundo en el que debemos encontrar objetos para atar cabos en ambos universos, un concepto que no ha envejecido y sigue pasándole la mano por la cara a casi todos los ingenuos títulos modernos.

Espera a llegar al Templo del Espíritu y sabrás de lo que estoy hablando.

Volviendo al tema principal que nos brinda esta versión, que no es otro que la inclusión de las capacidades 3D, he de reconocer que por primera vez me siento cómodo alternando ambas perspectivas con total naturalidad, escapando por completo de ese extraño sentimiento de culpabilidad por tener apagado el slider que desactiva la función tridimensional. Cada momento es digno de ser disfrutado de la forma que nos plazca, en mi caso, optando por la visión estereoscópica para la exploración, las cutscenes y los desplazamientos, mientras que para la resolución de mazmorras y enfrentamientos es recomendable optar por la perspectiva clásica.

Como jugoso extra, Ocarina of Time cuenta con la inclusión de los modos Master Quest –anteriormente solo disponible en occidente para aquellos que en su momento reservaron Wind Waker–, el cual contiene puzzles adicionales y una revisión ‘para hombres’ de todas las mazmorras, y el modo Boss Challenge, que nos permitirá luchar contra los diferentes jefes finales de forma alternativa, además de incluir la posibilidad de combatir contra todos ellos seguidos en una batalla de dimensiones épicas.

Habiendo terminado el juego completamente no existe ningún momento que defina Ocarina of Time de forma exacta. Hay montones: tocar la ocarina por primera vez, sacar la Espada Maestra de la piedra, los primeros pasos en un Hyrule completamente devastado, saltar vallas con Epona o explorar el cementerio de Kakariko. Si lo has jugado antes, habrás olvidado muchos de estos momentos y reencontrarte con ellos es una experiencia increíble. Si no lo has hecho antes… sinceramente, te tengo mucha envidia.

Ocarina of Time significa algo muy distinto para mi de lo que significaba hace trece años, pero el hecho de que todavía tenga tanto significado no hace más que reafirmar que este juego es una de las cosas más grandes que nos ha regalado el mundo del videojuego. Estamos, sin duda, ante el primer juego de 3DS que deberías comprar sí o sí.

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